Tangram III.5: Otoños del Este/El camino

Isabel Gallardo. El Camino

Isabel Gallardo. El Camino

 

El Camino

Titilan las luciérnagas en el recodo más recóndito del estrecho camino. Certera es la fuerza que te impulsa a subir el primer escalón pero terrible es la incertidumbre de desconocer qué hay en el horizonte.  Se abren paso las hadas en un paraje del que pocos recuerdan ya el nombre, perdido entre revoltosas memorias prendidas de los árboles, mecidas por el viento, abandonadas a su suerte como los juguetes no deseados en un día de Reyes. Mil cuentos se me escapan por los poros  y entre tanta ilusión luchando por sobrevivir a esta juventud mermada, se cimientan estos peldaños sobre un camino tantas veces andado en sueños. Puedes llamarlo el camino a casa o la huida hacia ninguna parte, va a responderte por ambos nombres. Uno se limita a andarlo con la misma actitud que comienza años nuevos, cargado de buenas intenciones. Ahora, que nadie te garantiza que no te asfalten el camino al infierno. Lo mismo da si a estas alturas no estás seguro de si existe el cielo y al infierno, prefieras ignorarlo cual Iglesia católica al limbo. El invierno se presenta duro y a menudo más vale confiar en los gnomos del bosque que en las almas humanas. Los últimos rayos de sol apuran el tiempo antes de pasar al letargo y desde todas partes, las señales indican que es preciso abrirse paso en la inmensidad de color verde, que si hay que elegir sendero es mejor no esperar a diciembre.

 Diana Hinojosa

 

Tangram III.4: Nostalgia gris/Hacía frío…

Francis Moreno. Nostalgia gris.

Francis Moreno. Nostalgia gris.

 

Hacía frío, aunque no demasiado

La vida de Manuel era en blanco y negro y la de Marina abarcaba toda una gama de tonalidades entre el blanco y el negro. Por un lado, esto era lo que les unía y, por otro lado, lo que les separaba. A parte de esta cromática pasión compartida, tenían dos hijos en común. Mauro y María. Eran expertos en encontrar tesoros coloridos y brillantes en la arena. Así que aquella tarde decidieron ir a la playa. Hacía frío, aunque no demasiado, pues el invierno siempre llegaba tarde y se iba enseguida. Pero la ausencia del sol tampoco invitaba a ponerse el bañador. Y allí estaban Manuel, Marina, Mauro y María. Manuel de pié, mirando el horizonte, intentaba encontrar la línea más densa y oscura que separaba el cielo del mar. Marina, caminando hacia el mar, pretendía capturar en una botella de plástico los reflejos plateados que bañaban la orilla y la hacían brillar. Mauro y María ya habían negociado quién usaba la pala y quién el rastrillo y, afanados, extraían coloridos tesoros de la arena.

Se estaba haciendo de noche, la brisa se convertía lentamente en viento y la arena muy pronto comenzaría a dispersarse violentamente por el aire. Y ajenos a todo, la familia absorta en su mundo cromático, colorido y sin color, ni se imaginaba lo que sucedería horas más tarde. El temporal se acercaba sigilosamente, sin hacer ruido, sin decir ‘esta boca es mía’.

Elena Aguiar

 

Tangram III.3: Navidad señorial/Luciérnagas de diciembre

Nekabitt. Navidad Señorial. Málaga, 2013

Nekabitt. Navidad Señorial. Málaga, 2013

Luciérnagas de diciembre

Mueres bajo la voz peregrina,

luz matutina que imputas la oscuridad del invierno;

se alumbran farolas junto al tejado

y visten de gala la anhelada víspera.

Efímero roce de sonrisas, alegría desbordada,

amparados bajo divinal encanto;

tropel de rostros que proclaman el mal relajado,

donde un ayer extraviado prolonga la marcha sumisa.

El reino celeste asoma en los copos de artificio

luz cándida, fría y que a la vez envuelve;

hipnotizado credo fijo en los listones de cobre,

reclaman figuras llanas como luciérnagas sin vuelo.

Alberto Mendoza

Tangram III.2: Preámbulo/Soledad

Alberto Mendoza. Preámbulo. 2013. Guadalajara, Jalisco.

Alberto Mendoza. Preámbulo. 2013. Guadalajara, Jalisco.

Soledad

Hoy, desde mi soledad quiero lanzaros un grito; siento frío, cae sobre mí la lluvia, la nieve, el barro, la suciedad…

No permitáis que os deslumbren las luces de colores, ni que las bullas o las compras os alejen de lo esencial.  Vivir estas fechas con aquellas personas que más te importan, las que más te quieren y a las que más quieres.

No hay que regalar tanto, si no querer mucho más, dedicar más horas a los juegos de los niños y a los recuerdos e historias de los mayores.

Te lo digo yo, que me encuentro solo todo el año. Que mi única compañía son los gritos y los juegos de los pequeños que por las tardes vienen al parque.

Yo, que viviendo en una ciudad, a lo más que puedo aspirar es a morir solo o ser tu árbol de Navidad.

Nekabitt

Tangram III.1: La caída de la última hoja/A ras de suelo

Marta Cruz. La caída de la última hoja.

Marta C. L. La caída de la última hoja.

A ras de suelo

Si estás abajo sólo puedes mirar hacia arriba. Desde arriba podrías contemplar la inmensidad del universo hasta donde la vista alcanza, podrías observar la tierra desde tu posición de privilegio, fijarte en los seres que la pueblan, inmersos en cada una de las respectivas celdillas que componen su estrecho mundo.

Yo hace tiempo que sólo puedo mirar hacia arriba, hacia el cielo lejano, oscuro, tormentoso, contaminado por las luces de la ciudad, atrayentes e hipnóticas; hacia la multitud que deambula por las calles consumida por el consumismo, jaleada por la ostentosa decoración y la iluminación extra de guirnaldas de colores que simulan motivos que deberían enternecer.

Hace tiempo que estoy abajo, muy abajo, en el suelo. El viento debió haberme llevado lejos en su momento, quizá en pos de mi dignidad perdida.

Tengo conocimientos como para calcular el consumo de energía extra de toda esa fútil iluminación que decora las calles, para valorar el caudal que derrocha la humanidad por el vacuo placer de enmascarar su soledad, pero hace tanto que vivo en el suelo hacia el que jamás se mira, que hasta el flujo en mis nervaduras se atora.

Los paseantes se calientan con sus abrigos y sus ansias, miran a las centelleantes luces y a los fuegos de artificio tan llamativos que impiden ver las estrellas, mientras yo muero desahuciado, extenuado y aterido en el suelo, ante la puerta cerrada de un cajero, la vista cansada clavada en una hoja reseca que el viento envió a hacerme compañía.

Juan Reyes