Tangram XII.5:Algunas cosas nunca cambian/Ladrón y policía

Patxi Granado, Tangram Project, Tangram Project XII

Patxi Granado, Algunas cosas nunca cambian.

Ladrón y policía

El canto de un pájaro rompió el silencio y su memoria volvió atrás en el tiempo.

El bosque. El rumor del agua. El sol que ya abrasaba mientras corrían hacia el pantano. Las risas mientras ellos se retaban para ver quién era el primero que se tiraba o quién hacía el mejor salto. Nunca quedaba claro quien lo hacía mejor al final. Eran sus ratos de disfrute cada verano cuando él volvía al pueblo. Siempre igual o mejor, desde que eran pequeños.

Hasta que dejó de ir. Nunca supo por qué. En el pueblo se rumoreaban cosas terribles a las que nunca hizo caso… Hasta que años después, supo que la identidad tras un sanguinario criminal de la ciudad donde trabajaba, era su amigo de la infancia.

Él estaba al frente del caso.

– ¿Algo que decir?

Peor que saber que iba a morir en sus manos, era que no lo había reconocido. Y no estaba seguro de que intentar refrescarle la memoria, sirviera de algo. Así que prefirió callar, sin dejar de mirarle a los ojos. Era un extraño deseo, querer que fuese él lo último que viese en la vida.

Sonó entonces su móvil y la música alteró por fin la impasibilidad de su rostro, haciéndole dudar un momento antes de disparar.

Había reconocido la melodía.

Elena Pacheco

Tangram X.4: Azul inmenso/Malentendidos

Marisa Gallegos, Azul inmenso.2015

Marisa Gallegos, Azul inmenso. 2015

Malentendidos

Oye cómo el agua se agita y unas gotitas le saltan a la cara. Un chiquillo ha lanzado comida y un numeroso grupo de peces se ha abalanzado a por ella. Al quedarse distraída no la ve llegar. Se saludan con cariño y empiezan a pasear por el camino empedrado que bordea el gran lago. Hablan de muchas cosas intentando evitar la que les ha llevado a verse después de un tiempo en el que casi no han sabido la una de la otra. Una no es capaz de iniciar esa conversación. La otra no tiene el valor para hacerlo.

El sol, que brilla más que días atrás, empieza a deslumbrarlas y las obliga a desviarse por el camino que sube hacia el pequeño vivero. También a un silencio expectante. La primera entiende que ha llegado el momento, que no lo pueden postergar más. Empieza disculpándose por lo que entiende qué ha hecho mal y casi termina hablando sola.

– Lo mejor para ambas es que me vaya de aquí, poner tierra de por medio y así no la fastidio más. Con un poco de suerte, además de trabajo, encuentro una buena chica que me corresponda…

– ¿Y si tu deseo está más que cumplido y no te has dado cuenta?- le pregunta con voz bajita.

El rojo tímido de su cara embellece la sonrisa más bonita que nunca conocerá y la deja tan embobada que no se percata del niño que pasa por su lado con un cubo lleno de peces.

Elena Pacheco

Tangram IX.4: Caleido urbano/El dibujo

Nekabitt, Caleido urbano

Nekabitt, Caleido urbano

El dibujo

Tras coger aire y sin pensárselo mucho, se lanzó a la piscina para bucear hasta el fondo. Conforme se iba acercando, la imagen se fue haciendo más nítida. No tardó demasiado en tocarla con sus manos. No era un mosaico, como creía. Ni una pintura, porque no era completamente lisa. Podía acariciar cada una de las formas que componían aquella imagen: las figuras estrelladas, los pequeños rectángulos que rodeaban el asterisco central y esas piezas de un rojo llamativo que no terminaba de reconocer y le recordaban a un pez.

Quiso patalear para volver a la superficie y pronto entró en pánico. Por mucho que se moviese no alcanzaba a verla, al contrario, parecía alejarse cada vez más. La oscuridad también empezó a engullirla.

El mordisco de su gato en el dedo meñique de su pie le devolvió el aire a los pulmones. Y a la realidad, con un sobresalto y taquicardia. Solo el golpe de algo que cayó al suelo, la volvió en sí. Era un libro, el que estaba leyendo antes de dormirse. Al cogerlo, se deslizó algo de entre sus hojas. Era uno de sus muchos dibujos. Le gustaba viajar y disfrutaba dibujando las cosas que más le gustaban. Pero ése representaba algo que no había visto jamás, en ninguna parte… salvo en su sueño:

Las figuras del fondo de la piscina.

Elena Pacheco

Tangram VII.3: sin título/Las Vías

Francis Ortega Moreno, s/t.

Francis Ortega Moreno, s/t.

Las vías

Son las diez de la mañana y nadie, salvo él, baja las escaleras hasta los andenes. Un alma en pena que, de todos modos, no repara en nada de lo que ocurre a su alrededor. Nada importa, sólo tiene una cosa en mente. Algo que queda frente a sus ojos y a lo que mira fijamente largos minutos. Pese a tenerlo tan claro… su cuerpo no se mueve.

Y entonces pasa. Ante sus ojos, a las vías, cae un perro que, tal vez por el golpe, está aturdido y no se mueve. Cree ver a alguien corriendo… o más bien huyendo. Un maldito que sin embargo despierta algo en él que lo impulsa a lanzarse al fin a las vías con la única intención de salvar al animal

Entonces, cuando lo está acomodando en sus brazos, se escucha un pitido…

Elena Pacheco

Tangram VI.6: Calma azul/ Azul

Nekabitt. Calma Azul.

Nekabitt. Calma Azul.

Azul

Abrir los ojos y ver que sobre su cabeza el cielo es gris por las nubes densas que carga. Al frente, los barcos se perfilaban en el horizonte sobre un mar igual de plomizo pero en calma.

Horas antes, al llegar, con el cielo despejado y a plena luz del día, le había parecido un paisaje maravilloso compartido en la mejor compañía.

¿Por qué entonces había soñado con esa misma escena completamente teñida de azul, como si no fuera capaz de distinguir otros colores?

Bueno, sí que lo sabía. La idea flotaba vagamente dentro de sí mismo pero le gustaría apartarla. Suprimirla. Borrarla definitivamente.

La idea. O más bien la imagen.

El azul del techo de su habitación. Un color que nunca le había gustado y que ahora… le evocaba a todo lo relacionado con ella.

Oyó que lo llamaban y se volvió. El mar quedó a su espalda pero la imagen lo seguiría acompañando durante algo más que todo el día.

Todo el tiempo de su vida hasta que asumiera que el azul ya formaba parte de su pasado. Si no, seguiría viviendo a través de los cristales de ese color.

Elena Pacheco