Tangram XII.4: sin título/ Huyo

Larraitz, Tangram Project, Tangram Project XII

Larraitz, Sin título.

Huyo

Me costó meses de introspección, kilómetros a gachas por túneles de recuerdos oscuros, pero por fin estaba allí. No me sorprendió el desorden. Los escombros, la bola del mundo girando sórdida por el suelo de la clase, el eco de los chiquillos corriendo despavoridos… Mi cubrepolvo teñido de tierra sanguinolenta, las rodillas heridas, mi cuerpo tembloroso… No tenía dudas, había vuelto al centro de mi infancia, donde empezó todo. Después, solo quedó un camino, huir. Los familiares que quedamos vivos recogimos lo que no habían enterrado las bombas y atravesamos los restos de la ciudad en carne viva para cruzar el desierto hasta adivinar la costa. Cuando apenas empezaba a oler a mar, llegaron los piratas. A cambio de despojarnos nos hacinaron en un cuchitril que flotaba con dificultad. Partimos. Incómodos y hambrientos, partimos. Partimos para no llegar. Fue entonces cuando quedé atrapado en esto. Desde algún lugar donde floto a la deriva, entro en túneles de recuerdos oscuros que me devuelven cada vez al mismo centro de mi infancia, del que huyo, una y otra vez, hasta regresar a la deriva del desencuentro.+

Javier Lópex

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Tangram X.2: Islada/La cara oculta del tangram

larraitz. Islada ('reflejo'). 2015

Larraitz. Islada (‘reflejo’). 2015

La cara oculta del tangram

Cuántas cosas habré escrito viendo la vida de otros desde mi ventanal plomizo mientras la mía quedaba a salvo parapetada en un lugar que siempre imaginé seguro. Cuántas pedradas dirigidas a mí habré creído oír a lo largo de lo que siempre supuse retiro y recogimiento y no fue más que reclusión y soledad.

He vuelto a mirar por la ventana hacia la que paseantes llenos de vida miraban con curiosidad, que fotografiaban o señalaban mientras comentaban con ojos expresivos a saber qué burradas de las que siempre sospeché ser el centro.

Durante una tregua del habitual bullicio marrullero callejero, llegó hasta mí el sonido de una palabra que se alejaba mucho de aquellas que siempre había creído dirigidas a mí con saña, mofa, tirria, befa y desdén. Tangram.

Esperé a que la calle se volviera desierto y fui a pisar el otro lado de la acera de cuyo contacto había perdido el recuerdo y levanté la vista hacia la ventana de mi propia casa, una ventana cuyo exterior no había vuelto a mirar desde los tiempos del cólera. Y entonces lo vi, entre láminas de cristal y líneas de plomo. Primero pensé que no era un tangram porque mi vidriera estaba hecha con más de siete piezas y en ese pensamiento me mantuve, obstinado. Luego, de nuevo en la paz de mi cárcel concluí que un juego bien puede tener más de siete piezas y salí a la calle, a reconciliarme con la vida.

Juan Reyes